Vampire the Masquerade: Bloodlines, clásico amado

Necesitamos reivindicar el mundo de los vampiros en la edad moderna, y creo que todos estamos de acuerdo con esta premisa. No solo porque la imagen se arruinó en cierta forma macabra y retorcida por lecturas y películas que no voy a mencionar – no quiero herir sensibilidades -, sino porque es difícil mantener a los monstruos antiguos como algo atractivo en los tiempos que corren – a menos que sean zombies, por alguna razón -.

En el lejano año 2004, un juego salió para ser el objeto de amor de tantos jugadores de rol de mesa regados por el mundo. No se trataba solo de sentarse frente a la hoja de personaje y hacer rodar los dados, dueños del azar, sino que, por primera vez, pudimos ver a las criaturas de nuestra imaginación cobrar vida en tercera dimensión y actuar frente a nuestros ojos. Este juego se llama Vampire the Masquerade: Bloodlines.

Ambientado en Mundo de Tinieblas, caminando por las calles de la ciudad de Santa Monica y Los Angeles, siendo partícipes de una experiencia intensa que nos sumerge y nos atrapa, ¿qué puedo decirles que tiene de especial Bloodlines? En mi humilde opinión, todo. Desde la historia compleja que es la quest principal, las pequeñas historias secundarias, los personajes, la música, la ambientación y la jugabilidad. Claro que al día de hoy puede parecer que es un poco tosco, pero estamos hablando de un juego que tiene diez años y envejeció de la mejor manera posible, dándole a los nostálgicos un hermoso portal hacia el pasado cercano. Dentro del juego podemos encontrarnos con charlas burocráticas, historias de terror que incluyen fantasmas bastante alterados, palabras lujuriosas, combates dignos de un juego de acción, y muchas otras cosas que pueden resultar bastante impredecibles.

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